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¿Es esto lo que Necesitamos?


De Juan…

“Me leí varias veces el último capítulo del famoso “Dom R”.  No sé lo que nos pasa a los muchachos, nos pueden decir cualquier cosa menos afeminados: tienen entre nosotros un sentido tan denigrante.

Este defecto no lo tengo yo,  gracias a Dios.  En mi casa son muy exigentes, en este sentido. A un compañero mío que  usaba perfumes o no sé qué “menjurje” le decían que olía a “pachulí”; no  sé exactamente qué es esto,  pero  me parece  que es  un perfume muy ordinario.  A mí personalmente me preguntaron por qué usaba todos los días medías blancas?.   Respondí que era costumbre en el colegio y me increparon por ser “hombre de masa”, “adecuado”, “inauténtico” y no sé cuántos más epítetos.  Me dolió pero lo agradezco, esto me ha hecho más varonil.  Si a uno no le trancan termina por usar la melena de cantante trasnochada y queda como los automóviles modernos que uno no sabe si van o vienen,

En lo que se refiere a la oración estoy descubriendo que no se trata de “hacer” una oración, sino de convertirse en un hombre de oración.  Me parece una buena definición esa de “Dom R”. pensar profundamente, largamente y con amor sobre lo que El fue y lo que El hizo, con intención de ser como El y hacer exactamente lo que El”.

Un día alguien nos preguntó si habíamos oído la frase: “contemplar y traspasar a otros lo contemplado”.  Apenas ahora después de su hermosa carta comprendo el significado. Las palabras de “Dom R.” son una magnífica traducción.  Lo de la oración lo entiendo y me atrae, lo del examen lo entiendo pero no me atrae.  Hablar, charlar con Dios es atractivo; hablar conmigo mismo es aburrido. Considerar a Dios como Padre, atrae; tenerlo como juez, me da miedo.  Ojala me aclares un poquito más esto.

Hoy en mi oración charlé con Jesús de ti: le pedí tanto que muchos le escriban como yo y que muchos, como yo, reciban carta tuyas.  Leer

un libro sobre estas materias no me atrae y creo que a ningún joven.  Pero recibir una carta y en ella cada vez un capítulo, se vuelve apasionante.  Escríbeme pronto.

Afectísimo en Cristo,

Juancho

 

A Juan…

“Te estás haciendo bolas” como dicen los mexicanos. Te estás complicando la vida. Distingues la charla de la mañana como una charla con un Dios-Papá, y en la tarde como recibir un regaño de Dios-Padrastro.  Pero eso no es así.  Por la tarde no  haces  sino charlar cariñosamente con un Dios-Padre para contarle las fallas del día y para decirle que no obstante lo quieres mucho y sabes que El te quiere.  Si en la oración de la mañana entra más la inteligencia en la de la noche entra más el corazón.  Inténtalo y lo verás.  A ver qué nos dice hoy “Dom R”.

 

 

¿ES ESTO LO QUE NECESITAMOS?

El temor de Dios. -exclamó Eduardo-, sorprendiéndonos a Luis y mí.

Eduardo es un individuo jovial y amigo de lo divertido.  Siempre tiene la risa dispuesta y siempre está preparado para hacer reír a los demás.  Muchas veces le había oído  decir que faltaba mucha risa en la vida, y, sin embargo, en este momento está preocupado por el temor de Dios.

-Si me pides mi opinión, te diré  que nosotros nos hemos familiarizado demasiado con Dios y con las cosas de Dios.  Olvidamos nuestras tremendas responsabilidades.  Cuántos de nosotros nos acercamos al confesionario sin pensar lo que hacemos.

-Lo que dices sobre la confesión es cierto, Eduardo.  No rezamos ni estudiamos lo suficiente.  Indudablemente, abrumamos al Espíritu Santo.

-Y no es ése, Luis, el único lugar en que demostramos nuestra falta de temor.  Cuántas veces hablamos sobre verdades cristianas, sin reflexionar en lo que decimos, con una superficialidad impresionante.

-Nosotros poseemos la única filosofía de la vida, la única llave de la felicidad,  la única solución a tantos apremiantes problemas del día, nosotros tenemos la “Buena Nueva”, la Palabra de Dios… y nos pasamos el tiempo charlando de las cosas más triviales.

-Sí, Eduardo, -repuso Luis-.  Con una gente tan sensible a la creciente rapidez  y eficacia de la radio y la t.v.,  con el grueso de un auditorio educado para la receptibilidad de lo estrictamente interesante y de lo expuesto de forma más atractiva, los cristianos hemos de trabajar mucho si queremos que nuestro contacto con el mundo sirva para algo.  Tienes razón: la mayoría de nosotros somos una vergüenza como portavoces de la Palabra de Dios.

-¿Y la Misa?… Si nos parásemos a pensar qué es lo que va a celebrarse en el altar; si nos diésemos cuenta de que estamos a punto de hacer descender a Dios hasta nuestro corazón para pedir con El al Padre que perdone a este mundo miserable y lleno de pecados, no crees que antes de asistir a ella deberíamos dedicar unos minutos para prepararnos, y un rato largo después de ella para dar gracias?  ¿Comprenden  hasta qué punto necesitamos del temor de Dios?

-De nuevo volvemos a lo que yo decía: ser conscientes de nuestra dignidad, no es eso, Luis?

-No cabe duda de que has tomado en serio tu idea,  José.

-Y haces muy bien, Luis. Si, como dice José, tuviésemos siempre conciencia de nuestra dignidad cuánta reverencia, cuánto santo temor y qué respeto filial por Dios no sentiríamos.  Sólo con percatamos a cada instante de que somos consagradores del mundo.  Qué transformaciones podríamos operar en el Cuerpo Místico.

Tienes razón, Eduardo.  Muchos de nosotros necesitamos que se nos asuste una y otra vez.  El Infierno, la muerte, el juicio final son temas que deberíamos tener siempre presente si realmente queremos mantenernos en un saludable temor de Dios.

-Ah, si yo consiguiera asustar verdaderamente a algunos apóstoles de salón y meter en el cuerpo de esos parásitos de la sociedad un verdadero terror.

-Parece que te has dedicado a poner motor, Eduardo. ¿A quiénes llamas apóstoles de salón?

– A esos tipos elegantes que se pasan la vida en sus salas de recibir o de visita en las de los demás y consideran que su jornada ha tenido un verdadero éxito cuando alguien dice: “Oh, a mí este fulano me parece estupendo”. O cuando otro proclama: “Este es un buen elemento;  se las sabe todas”.  Semejantes idiotas carecen del sentido suficiente para comprender que lo que consideran un cumplido, no es, en realidad, sino una condenación, para nosotros sólo existe un verdadero cumplido que pueda satisfacernos, “este fulano de tal es un hombre de Dios”.  Sí, os aseguro que me encantaría sobresaltar las conciencias de esas luminarias sociales.

-En fin, esas luminarias sólo son número relativamente pequeño, Eduardo -dijo Luis.

-Sí, pero que va aumentando de día en día. Y vuelvo a decirles que los apóstoles se dejan ganar más aún por esa clase de popularidad que los simples cristianos.

-Tus temores parecen tener distinta graduación -me aventuré a decir-.

-En efecto, José. Algunos necesitan un gran susto; otros, sobresaltarse nada más.  En cuanto a la mayoría de nosotros, lo que en realidad necesitamos es una reverencia, más temor, más santo respeto.  Indiscutiblemente, yo prefiero despertar ese temor reverente apelando a la estimación antes que otra forma cualquiera.  Adoptando tu idea del doblaje, creo que podré hacerlo. ¡Si sólo recapacitásemos en lo que significamos para Dios y lo que significamos para el hombre… Si nos diéramos exacta cuenta de lo que hacemos,  sentiríamos terror y seríamos reverentes.

-Me parece que te he ganado, José.

-No del todo, porque hay que entender eso del temor: no es el del esclavo con su amo sino el temor que es fruto del amor.

-Creo que si tenemos conciencia de nuestra dignidad y de nuestro deber, alcanzaremos un saludable temor de Dios.  Somos los elegidos de Dios, es cierto, pero también es cierto que todavía somos hijos de Adán.  Si el bautismo nos consagró, nos mató la concupiscencia.  Por lo tanto, insisto en que necesitamos un santo temor de Dios, un temor que nos haga utilizar los medios necesarios que nos conduzcan a realizar un buen doblaje del Hombre-Dios, y uno de los medios para ello es la mortificación.  Así, pues, ya ven que estoy donde empecé, de manera que ahora le toca hablar a otro.  A ver,  José, qué es lo que tienes que decir, de cuál es la única virtud que necesitamos.

¿Qué te parece todo esto,  Juancho?

Afectísimo en Cristo,

PAFER

P.D. Saludes a todos, aconsejaste a Jorge el libro que te recomendé: muchachos y muchachas, sexo y amor y a tu hermana “Te vas haciendo mujer”?

 

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