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Encuentro


De Juan…

Qué lindo todo eso sobre la oración.  A decir verdad no sé mucho sobre oración y no entiendo qué quiere decir “meditación formal”.

No sé cómo explicarte la manera como yo entiendo las cosas.  Por meditar entiendo ponerse uno a meditar, -valiente definición repitiendo la misma palabra-, es decir pensar; pensar en Dios, en la Virgen, etc.  Rezar es decir oraciones como el Padre Nuestro o el Ave María y orar es charlar con Dios.  Yo muchas veces charlo con El y le hablo de “Tu” y le digo que es mi amigo y le cuento mis cosas y hasta reclamos le hago.  Todos los días al levantarme le hago la “Oración del joven” que encontré en una estampita.

Jesús

Dame un corazón vigilante

que ningún pensamiento vago me aleje de Ti.

Un corazón noble

que ningún afecto indigno rebaje.

Un corazón recto

que ninguna maldad desvíe.

Un corazón fuerte

que ninguna pasión esclavice.

Un corazón generoso para servir.

Así sea.

A veces me distraigo en una de estas peticiones sobre todo en la última, soy tan egoísta.

Afectísimo,

Juancho

 

A Juan…

” … Qué linda tu carta,  Juancho.  Sí: orar es charlar con Jesús; es contarle las intimidades del alma.  La oración que me transcribes realmente es muy apropiada para la juventud; en ella el joven pide lo que más necesita: nobleza, rectitud, fortaleza, generosidad.

Meditar es reflexionar sobre una de las verdades del cristianismo.  Por “meditación formal” se entiende la que se hace con regularidad todos los días.  Es una obligación en todas las comunidades religiosas,  pero es una bella costumbre de muchos cristianos.

También tú debes acostumbrarte a tu oración cada mañana y tu examen sobre cómo has sido el doble de Cristo cada tarde.

La gente dice que no hace oración porque no sabe el método.  Para charlar con un amigo no hay método. ¿Conoces el librito: “La oración del que no sabe orar” escrito expresamente para la juventud?  Y conoces ese otro tan hermoso: “Oraciones para rezar por la calle”?  Este sintetiza todo su pensamiento en dos frases bellísimas: “Si supieras contemplar la vida, toda la vida te hablaría de El, toda la vida sería una oración”. Ojala tú consigas estos dos libros.

Continuemos con el tema de “Dom R”.

ENCUENTRO

Entonces, insisto en que hables de los contemplativos.

-Pero hablas del hábito de la oración.

-Exacto. Y digo y repito que un cristiano no puede serlo           verdaderamente, a menos que adquiera el hábito de la oración.

– Pides mucho, José.

-Pido lo menos que un hombre puede dar si quiere actuar como doble de Cristo.  Estoy convencido por la experiencia y por la observación de que todas las caídas del cristiano se deben a la falta de oración.  Sé que si vivimos inconscientes de nuestra dignidad, se debe sólo a nuestra inconsciencia del deber de orar.  Tenemos que caer de rodillas muchas veces.

Fíjate bien en lo que pides.

-No pido más que unos veinte minutos por la mañana y cinco o diez minutos por la noche.  Una prolongada mirada a Jesús por la mañana y una prolongada mirada a mí mismo por la noche.  Prométeme eso poco y yo te prometeré un apóstol capaz de renovar la tierra.

-Te contradices.  Hace un momento pedías a alguien que caminase continuamente en la presencia de Dios, que estuviera inmerso en la atmósfera de la oración; hombres que hicieran de toda las cosas un medio de unirse con Dios.  Antes describías a un místico, ahora desciendes a un hombre. ¿Así que es eso todo lo que quieres?  ¿Treinta o cuarenta minutos de mi jornada?

-Concédeme eso, Luis, y el resto vendrá solo.  Concédeme treinta o cuarenta minutos y yo te prometo la santidad.  No te rías de mi mística,  porque aún rebajada a nuestra propia manera, todos hemos de ser místicos.  Concédeme, pues, esos treinta o cuarenta minutos y “el resto se nos dará por añadidura”.

-¿Cómo?

-Déjame estudiar a Jesucristo un ratico cada mañana o a otra hora cualquiera del día, pero déjame estudiarle más con el corazón que con la cabeza; déjame verle de esa forma con los ojos para poder reproducirle, que lo demás llegará.  La meditación formal, como tú la llamas, termina después de veinte o treinta minutos, pero el fruto de la meditación irá madurando a través de toda la jornada.  El objeto de la meditación nunca estará totalmente ausente de mi mente, la resolución de mi voluntad, ni los afectos de mi corazón.  Lo que haya visto antes de romper el alba ejercerá su influencia sobre mí desde la salida del sol hasta que aparezcan las estrellas.  Mi meditación no terminará cuando se acaba el tiempo que le había dedicado; al contrario, será entonces cuando comience realmente.  Lo que en esos veinte o treinta minutos haya visto del original será lo que reproduzca ese resto del día.  Esa pequeña meditación será el dinamo de mi jornada; cualquier luz, cualquier calor o energía que señalen mis obras durante el día, mientras doble a Jesús habrán sido generados en estos breves momentos que dediqué al estudio de mi “estrella”.  Si al incorporarme después de haber estado de rodillas doy por terminada mi meditación, tal vez habré llevado a cabo un ejercicio piadoso, pero desde luego, no habré estado meditando.  La verdadera meditación debe continuar a través del día entero. Por eso te digo que me des un cristiano que medite realmente durante veinte o treinta minutos diarios y deja que hagan de las suyas los dictadores ateos.  Nada de ello me preocupará lo más mínimo; pues tropezará con un cuerpo tan indestructible como mi cuerpo celeste, tan inflexible como el acero, tan inconquistable como el Cristo a quien doblamos.  Que cada uno de nosotros caiga de hinojos durante media hora cada día, se asombre del misterio de su vocación, se dé cuenta de la altura de su elevación, se quede absorto ante el hecho de que Dios utilice como dobles suyos a simples mortales, que tome luego la resolución varonil de permanecer consciente de su dignidad durante todo el día, y verás cómo tenemos un cristiano que “caminará digno de la vocación a que ha sido llamado”; entonces contaremos con un cuerpo de santos, dobles de Jesucristo.

-Bravo, José, has hablado muy bien.  Pero dime; ¿Cómo te las arreglarás para que todo eso deje de pertenecer a lo ideal y se convierta en real?

-Bastará con la sencillez.

-¿Con la sencillez?

-Sí, Luis, con la sencillez en su forma más pura.  Si nos convertimos en hombres sencillos,  tardaremos muy poco en ser santos,

-Explícame eso.

Juancho: ¿Dedicas tú siquiera algunos minutos cada día para charlar con Jesús? Al menos ahora, si estás solo en tu cuarto ponte de rodillas y dale a Jesús “gracias”, charla con El un ratico.  Me uno a tu oración.

PAFER

 

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