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Intocable


De Juan…

…me la pusiste “cuellona” como decimos los muchachos. ¿Qué quieres que te diga sobre lo que entiendo por personalidad?  Pues simplemente: personalidad es la manera como uno es.

Se me ocurre contarte cómo somos en el barrio y tú  me dices si esa es la personalidad de cada uno.

Cerca a mi casa se pasó una familia en la que hay 2 muchachos chicos y una niña de unos 13 años.  La niña es muy buena pero no ha recibido formación.  Parece que le gusté más de la cuenta y comenzó a buscarme y comencé a tratarla como amiga, pero no más.  En otra casa vive otra chica también de unos 14 años a quien también trato como amiga.  La primera Cristina, se molesta mucho; parece que es celosa y comenzó por no saludar a Ximena.

Un día me hizo el reclamo de por qué trataba a Ximena y le dije que porque era amiga mía como lo era ella.  Esto le molestó; tal vez ha esperado en vano que yo “me le declare”, pero esto, que todos los muchachos hacen se me hace ridículo y me parece que va contra su dignidad de mujer. Mi dignidad de cristiano no me permite tratarla de otra manera.

Perdóname que utilice estos términos, pero lo hago para estar acorde con “Dom R”.

¿Esa es la personalidad de Cristina, la de Ximena y la mía?

Afectísimo,

Juancho

 

A Juan…

“¿No te decía que tienes vocación de escritor?  Naturalmente que esa no es toda la personalidad de los tres, pero sí da facetas importantes que demuestran lo que es cada uno.  Sin conocer a las chicas me doy cuenta que Cristina es una muchachita coqueta, superficial, vanidosa, que no ha tenido seria formación. Posiblemente si en el colegio donde estudia no dice que tiene “novio” se debe sentir menos que las demás.  Todo esto indica falta de personalidad.

De Ximena no me das muchos datos pero parece una niña más equilibrada.

En lo que a ti se refiere te felicito, Juancho tu personalidad se muestra equilibrada y reflexiva.  Sigue así.  Está bien que las chicas te gusten.  Trátalas con afecto pero con delicadeza, como tú dices, de acuerdo con la dignidad a que tienen derecho;  jugar al noviazgo es rebajarlas porque las utilizas como objeto.

En otra carta me cuentas como han seguido las cosas; ahora el “suspenso” me lo pones tú a mí.

En el capítulo de hoy “Dom R” añade una razón más porqué deben ser tan altas nuestra relaciones con los demás.

INTOCABLE

-Creo que en esto tienes razón.

-¡Desde luego que la tengo! ¡Qué sacrilegio es profanar la custodia viviente del Altísimo!  San Pablo dijo: “Llevad a Dios en vuestro cuerpo”.  Si escuchásemos a San Pablo y nos percatásemos de que nuestros cuerpos son cosas sagradas, los conservaríamos intocables y no habría hombre o mujer que osara quebrantar la prohibición de poner manos sobre el tabernáculo vivo, sobre la custodia de Jesucristo.  “intocable”, es la consigna que debemos usar para estas maravillosas cualidades concebidas por Dios a nuestras almas inmortales.

-Es muy interesante eso que dices, José, pero a medida que hablabas he seguido pensando que volvías a referirte a la minoría. Todo cuanto has dicho es cierto, pero no lo es a todos los cristianos.  Llama la atención que un cristiano obre mal, pero nada significa que obren con rectitud otros mil.  Admito de buen grado que todos nosotros estamos hasta cierto punto por las cosas mundanas y que todos sentimos inclinación hacia lo que has estado lamentando.  Pero no todos somos viciosos, no todos somos avaros, no todos nos dedicamos al “dolce far niente”. (dulce ocio).

-Cierto: Pero lo que he dicho de nuestra dignidad y nuestro deber; lo que he hablado de nuestra intocabilidad no es aplicable a uno y a todos?  ¿No somos todos dobles del Hombre-Dios?

-Las ideas que has expuesto son prácticas y pueden ser utilizadas por todos, eso no hay duda.  Mis objeciones sólo las formulo a algunos de los argumentos y de los ejemplos que empleas.  El ser un doble del Hombre-Dios es sencillamente emocionante.  Debería servir a quien recapacite en ello como estímulo de gratitud y de grandeza.  La idea de mantenernos intocables debería servir a todos de coraza contra la mundanidad.  Pero quizás el punto más impresionante de los que hasta ahora has expuesto sea precisamente el que no has desarrollado, me refiero al punto de la mediocridad, ese sí es aplicable a la masa.  Cuando pensamos en lo que deberíamos ser y en lo que podríamos ser…, tenemos que considerarnos como mediocres.

-Casi no hace falta subrayar lo evidente, Luis.  Cualquiera con mediana vista adivina que somos mediocres, e incluso que en algunas cosas ni siquiera alcanzamos la mediocridad.  Qué vergüenza para nosotros pensar en lo que hace mil novecientos años llevaron acabo en el mundo doce pescadores ignorantes e ineducados, pero piadosos, mientras nosotros, 700 millones no somos capaces de convertir al resto de la humanidad.

-Sólo ha habido un pentecostés,  José.

-Ahí voy a parar precisamente, Luis.  Debería haber más; pero la culpa de que no los halla no es de Dios.  Fíjate en toda nuestra educación sistematizada.

-Si, José; pero, naturalmente hablando, nosotros estamos mucho mejor preparados.

-Naturalmente, sí, pero sobrenaturalmente no.  Y la culpa es nuestra.  Nos lanzamos a evangelizar el mundo y cuando nos damos cuenta es el mundo el que nos ha ”evangelizado a nosotros”.

-¿Por qué?  Eso es lo que tienen que explicarme. Por qué?

-Indudablemente, tener siempre conciencia de nuestra dignidad y recordar en todos los momentos, en todos los lugares y con todas las gentes que somos el doble del Hombre-Dios, rectificaría muchas cosas que necesitan rectificación.  Seria un remedio, estoy seguro.  Pero para una curación completa de nuestra epidemia, se necesita llegar al foco de la infección. ¡Es menester averiguar por qué somos tan olvidadizos de nuestra dignidad!  ¡Sólo entonces habremos conseguido algo!  Hasta que no hayamos alcanzado esa profundidad sólo podremos obtener un olvido provisional, pero no la curación definitiva.

-Doblar a Cristo es una idea fundamental, Luis, y debe constituir nuestro ideal básico.

-Sí.  ¿Pero por qué olvidamos con tanta rapidez el ideal? ¿Por qué la idea de “ser”, ejerce tan  poca influencia sobre nosotros?  Tal es la raíz de nuestra dificultad y la causa de nuestra mediocridad. ¿Por qué somos tan inconcientes de nuestro deber y nuestra dignidad?

Afectísimo en Cristo,

PAFER

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