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Consulta a un Médico


De Juan…

” … Doblar a Jesucristo, ser el doble de Jesús… no puedo quitar esta idea de mi mente.  Qué curioso lo que me pasa: ¿Es esto perder espontaneidad?  Muchas veces me he preguntado: ¿Qué haría Jesús ahora?  Cómo jugaría? ¿Cómo se comportaría en esta fiesta? ¿Cómo hará la tarea?  Pero de verdad jugó, estuvo en fiestas, hizo tareas?

Una noche no me podía dormir pensando: ¿Qué haría Jesús cuando tenía 17 años?

Desde tu última carta me levanto todos los días temprano a charlar con “El”.  Leo una página del Evangelio a ver cómo era, cómo pensaba, cómo obraba, para poder ser su doble.  Estoy muy preciso en mi necesidad.  Los diez minutos de la noche me cuestan más trabajo, porque a veces estoy muy cansado. ¿Me creerás si te digo que los problemas se me han acabado?  No es que no pase por mi mente algún mal pensamiento o que no oiga conversaciones o chistes malos,  pero no me interesan desde que soy doble…

En lo de charlarle a los compañeros te diré que no sé como hacerlo.

En una carta te contaba problemas de la vida con dos niñas Cristina y Ximena.  Las cosas se han complicado: como yo no trataba a Cristina como ella quería resolvió conseguir “novio” y pasármelo por la cara: un muchacho mayor que ella, vago de profesión porque se salió del colegio en décimo grado.

Las cosas no pararon ahí: no sé qué le dijo a Ximena porque ahora no me saluda.  El novio de Cristina, Alejandro trajo a otro como él y me invitó a pelear.  Yo no es que me sienta menos hombre y le tenga miedo, sino que me parece que son actitudes de barrios bajos.

Un día detuve a Cristina y le pregunté qué le pasaba conmigo, claro que yo lo sabía, ella no me dijo nada.  Le dije que quería continuar siendo su amigo.  Lo mismo hice con Ximena.

Como ves las cosas no son tan fáciles y no sé cómo voy a hacer para tener la oportunidad de entablar relaciones con ellos, que me permitan invitarlos a que también ellos sean el “doble” de Jesús.

Por ahora voy a hacer más oración,  ora también tú por mi.

Tarcisio me pregunta cuándo lo llevo donde ti. Ora por mí para que no defraude a Jesús.

Un abrazo de tu afectísimo,

Juancho

 

A Juan…

“…   Todos los problemas de barrio que me has descrito muestran un ambiente más bien sano, pero superficial, donde falta formación de todo género.

¿No has pensado en organizar un grupo juvenil?  Quizás esos muchachos comiencen a comportarse de otra manera.  Tú  me hablabas, en una carta anterior que conociste a unos muchachos que habían estado en un cursillo y ahora hablaban de apostolado. ¿No tendrán ellos ya un grupo juvenil organizado?  Búscalos, charla con ellos, incorpórate al grupo si lo tienen o propones que organicen uno.

Sigue de amigo de Alejandro; más tarde lo invitas al grupo y si es mixto, también invitas a Cristina y Ximena, el grupo comenzará a darles la formación que no tienen.

A qué conclusión extraordinaria has llegado: ¿un día que va a ser para “El” debe comenzar temprano y no con “El”. ¿Es que acaso conoces a alguien que tenga éxito en la vida levantándose tarde?

Pero y los ¿”balances”?.  ¿Sabes lo que es eso?.  No sólo no hay éxito económico, ni siquiera posibilidad de organización sin “cuadrar la caja” cada día, cada mes, cada año.  Es decir comparar las entradas con las salidas para ver si hubo pérdida o ganancia.

Es también lo que tenemos que hacer nosotros: reflexionar cada día, cada mes, cada año sobre cómo va nuestro “doblaje” de Cristo.  Diez minutos al día, un día al mes, varios días al año.

Pero como nadie es juez en su propia causa hay que buscar quién nos ayude a esa empresa.  “Dom R”. titula ese capítulo:

CONSULTA A UN MÉDICO

Eduardo llegó el día siguiente.  Es nuestro amigo mayor.  Tres amigos íntimos, pero totalmente distintos en la manera de pensar, de hablar y de carácter que pueden serlo tres   compañeros.  No solemos reunirnos los tres muy a menudo, pero cuando lo hacemos, pueden estar seguros de que aprovechamos bien el tiempo y la ocasión, sacándoles todo el partido posible.

Por eso estaba ya bien entrado el día siguiente planeado por Luis, antes que hubiéramos comenzado nuestra discusión.  Y aunque parezca raro,  ésta fue suscitada por Eduardo, al preguntarme:

¿Tienes confesor fijo,  José?

Le dije que no.

-¿Y tú Luis?

-¿Cómo quieres que tenga confesor fijo si no paso ni dos meses seguidos al año en el mismo sitio?

-Bueno, bueno…  ¿Y que les  parecería tenerlo?

-¿Pero qué?

-Como el único medio de asegurar la santificación.  ¿Qué les parece?

-Por mi parte, yo me daría por satisfecho con que todos nos confesáramos regularmente, sin preocuparme de que el confesor sea fijo o no -dijo Luis- Pero, ¿a dónde vas a parar exactamente?

– Mira, Luis: la absolución podemos obtenerla de cualquier sacerdote ordenado con jurisdicción, pero no podemos encontrar consejo, dirección o advertencia de cualquier sacerdote, ni siquiera de todos ellos.  Y he de decirles que lo más que necesitamos los cristianos es dirección.  En muchos casos encuentro que los propósitos duran muy poco.  La intención de cuantos los hacen es buena y todos están dispuestos a mejorar.  Pero la presión y la dispersión de sus trabajos no tardan en trastornar todos los buenos planes y sus magníficas resoluciones se evaporan en seguida.  Llevo mucho tiempo tratando de descubrir alguna fórmula que asegure una mayor permanecía y he llegado a pensar que lo mejor para conseguirlo sería tener un confesor fijo… Un confesor que comprenda la vida espiritual y conozca el alma del hombre.

-Yo creo que puede conseguirse con la confesión periódica nada más..

-No lo creas, Luis.  Tal vez sí para los despreocupados.  Pero no para la mayoría de los cristianos buenos y sinceros.  Cuántos de ellos tienen confesor fijo?… Incluso entre nosotros se hace cada vez más raro, y entre los otros es una verdadera excepción.

-¿Cuál es tu argumento Eduardo? -Le pregunté.

Sencillamente éste: que nosotros no sacamos todo el partido debido del Sacramento de la Penitencia.  Conocemos los asuntos del cuerpo,  pero ignoramos la mitad de los del alma.  Buscamos a un especialista para nuestras enfermedades corporales y, por lo general nos quedamos con un médico que conozca de pé a pá nuestra historia patológica. En cambio, para el alma y sus dolencias… sirve cualquiera.  Y yo les digo que obrar así es sumamente imprudente.

-Ah. ¿Conque vas a desarrollar la teoría de que el confesor es el médico del alma, eh? Buena idea, Eduardo -exclamó Luis-, porque todos estamos enfermos; la mayoría de nosotros de manera crónica, aunque quizá los más graves sean los que piensan encontrarse bien.

-Esa es la idea principal.  Este año voy a tener prudencia en el cuidado del alma, y esto exige un confesor fijo que la conozca por el revés igual que por el derecho.

-¿Y los que se hallen en circunstancias en que resulta incómodo acudir a un confesor fijo?

-¿Por ejemplo…?

-El que se encuentra lejos de un sacerdote.

-En primer lugar, nunca debe plantearse una cuestión de comodidad o incomodidad cuando se halla en juego el alma inmortal.  Pero admitiendo la incomodidad, conocen a alguien que no sea capaz de hacer un viaje hasta la ciudad para buscar un analgésico favorito cuando le duele algo?  Si padece una enfermedad crónica, los viajes a la ciudad se convertirán en semanales, y nunca le oirán hablar de la incomodidad, ¿Por qué no ha de suceder lo mismo cuando se trata del alma? ¿Qué te parece José?

-Estaba pensando en lo que San Bernardo dijo acerca de este asunto.

-¿Qué dijo?

-Hablando de quienes siguen su propio consejo en las cosas espirituales, dijo que se aconsejan de un “necio”.  Esto sí que podrás utilizarlo, Eduardo.  No es curioso, en efecto, que nosotros que siempre estamos dando consejos a los demás, los busquemos tan pocas veces para nosotros mismos?

¿Has pensado alguna vez en éste médico del alma?  Si no te han enseñado a orar, creo que menos te han hablado del Padre Espiritual, también se le llama Director Espiritual, pero la palabra Padre es más expresiva. Decía  San Pablo: “hijitos míos porque os ha engendrado en el Evangelio”.

Juancho:   me imagino que es la primera vez en tu vida que oyes hablar de esto; pero ensaya.  Busca a un sacerdote, proponle si quiere ser tu amigo y ábrele tu corazón de par en par.  ¿Por qué si te gusta tanto tener amigos, uno no puede ser un sacerdote?  Y si te gusta confiar las intimidades del alma a un amigo, por qué no puedes hacerlo con él? Dime que piensas de esto. Lástima que estemos tan distantes.

Afectísimo en Cristo,

PAFER

 

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