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La Eucaristía de los Laicos


De Juan…

“Me he demorado en escribirte porque tu última carta me ha hecho pensar muy seriamente.

Tú me haces una serie de preguntas que casi tendría que responder con un NO con mayúscula.  Pero a mi vez te digo: soy un muchacho como cualquier otro.  Pronto cumpliré los 18 años, Terminaré mi bachillerato y entraré a la universidad, me graduaré, me casaré.  Ocuparé un puesto en la sociedad.  Te pregunto: ¿A mi quién me ha hablado de éstas cosas?  ¿Quién me las ha explicado?  ¿Quién me las ha hecho comprender? ¿El hecho de haber sido bautizado no me da derecho a que me hagan comprender “mi vocación”, “mi dignidad” y mi obligación de obrar en determinada forma?.

¿Cuándo, dónde se nos habla de apostolado, de Santidad? ¿Para qué repetirte nuevamente lo que han sido las clases de religión en los 11 o 12 años que hace que las estoy recibiendo?  Me han hecho aprender algo, pero no me han enseñado a vivir.

Gracias a Dios que la misa en el colegio no es obligatoria, y hace mucho tiempo suprimieron la “comuniones generales”. Creo que en algunos colegios todavía existen: es la mejor demostración de la incapacidad en que están de convencer a los alumnos que cumplan con esa obligación.. qué cosa tan triste.  En mi colegio en cambio el director nos dijo que había  suprimido la misa obligatoria del domingo y todos los días, para acabar con los castigos los lunes y entre semana para la indisciplina de los que no asistían, o no llegaban a tiempo, para no hacer odiosa la misa, que era el acto más sublime del cristiano.  Con esto nos hizo más bien que con todos los sermones que nos había “echado”.

¿Por qué no confesarlo?  Cuando a uno no lo obligan al principio se siente como libre de una carga pesada y muchas veces dejamos de ir a misa incluso el domingo; pero luego comenzaron a explicamos el valor de la misa y la necesidad de la comunión; cambiaron el horario: pusieron un recreo largo a las diez para que, los que quisieran, pudieran asistir a misa o comulgar. Los domingos establecieron misa de once para las familias de los alumnos, con sermón especial.

No te imaginas el éxito.  No te extrañes si te digo que hay días entre semana que las comuniones, entre los alumnos, pasan de 200.

Tu carta me dejó una curiosidad: ¿Si todos los cristianos somos sacerdotes, aunque con sacerdocio esencialmente distinto de los “presbíteros y los obispos”, no tenemos nosotros también una misa propia, no celebramos “nuestra misa” ¿Cómo es?  Por qué “Dom R.” no habla de paso de la misa y de la comunión?

Otra pregunta: ¿Qué tanto nos obliga el apostolado ya que no es “un privilegio sino un deber”, cómo lo enseña el Concilio?

Y mientras me llega tu carta sigo “rumiando” esa idea de que como “doble de Jesús”  debo ser como El: Sacerdote, Profeta, Rey…¿ Cómo hago para entender esto y sobre todo cómo hago para vivirlo?.

Afectísimo,

Juancho

 

A Juan…

“…     He terminado la lectura de tu carta con un suspiro, yo, sacerdote de Dios, que celebro la santa misa todos los días; yo que recibo de millares y millares de muchachos el título de “padre”, a cuántos podría llamar “hijitos” como San Pablo “por haberlos engendrado en el evangelio?”

Tus cartas me han hecho también reflexionar.  Yo mismo no alcanzo a comprender mi propia vocación sacerdotal.  Yo que fui un muchacho como cualquier otro y peor que muchos otros, cómo pude haber sido llamado por Dios a tan alta dignidad?  Apenas, ahora, después de tantos años de sacerdocio voy como tomando conciencia de que soy “un doble de Jesús” en grado más eminente que millones de hombres.

No nos inculpes, Juan: desde joven conozco la idea de San Pedro que habla a los  creyentes del “sacerdocio santo que ofrece sacrificios espirituales” (I Pedro 2, 5).  Sé de memoria su frase “vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa… pueblo de Dios” (I Pedro 2, 9-10).  Pero apenas ahora por los documentos conciliares, he venido a entender esto del sacerdocio común de los cristianos.  Hasta un libro me leí una vez sobre este tema, pero las ideas eran tan difíciles de entender… Verás qué pronto comienza a aparecer literatura magnífica sobre este tema.

Sí, tú también, como laico, celebras tu Misa, o mejor la estás celebrando.

Jesús está actualmente en el Cielo intercediendo perpetuamente por nosotros ante el Padre, Está en la hostia consagrada de una manera eucarística, para ser nuestro alimento y darnos la vida eterna.  Está en el evangelio ensañándonos palabras de verdad, por eso el sacerdote lo besa en la santa misa y dice “alabanza a ti Oh Cristo”.  Pero ha reservado una presencia mística, que será real cuando tú, ejerciendo tu sacerdocio, te reúnas con otro, u otros, en su nombre.  Yo lo hago presente en el altar con mis palabras taumaturgos: tú lo haces presente en el mundo cuando te reúnes con otros en su nombre.

Pero no para aqui el ejercicio de tu sacerdocio.  Compara tu misa con la que yo celebro y verás qué semejante es.

Han pasado los años “de sacristía” de preparación oculta y estás al pie del altar, te acercas al “Dios que alegra tu Juventud”.  Al pie de esas mismas gradas, dentro de poco, ejerciendo tu sacerdocio administrarás el sacramento del matrimonio a aquella con quien vas a formar “una íntima comunidad de vida y de amor” (IM 48,1) “para demostrar al mundo el amor de Dios” (IM 48,2).

Tus primeros años juveniles son tu himno de “Gloria a Dios en las alturas”, “te adoramos, te bendecimos, te glorificamos, te damos gracias” dirás mil veces postrado de rodillas porque “tú sólo Señor” gritarás cuando tantos quieran enseñorearse de tu voluntad; “tú solo Altísimo, cuando pretendan sumergirte en el cieno de los vicios; oh, tú “Cristo”, el de ayer y el de hoy, el de siempre.

Tu oración de cada día y todas las horas, es la “colecta” de tu misa; a Dios Padre, por Cristo, en unión con María, los santos y la Iglesia toda.

Estas cartas, las que escribes a tu novia, las que te cruces con tus amigos, son la “Epístola” (sabes que en latín carta se dice Epístola?).

Y al levantarte cada mañana, escucharás a Jesús que te habla, leyendo unas frases de ese evangelio sobre el que extendiste tu mano de niño, el día de tu primera comunión, para decirle “NO” al mundo y “SI” a Jesucristo como corresponde a un verdadero cristiano.

Muchas veces en tu vida tendrás que recitar el “CREDO”, en voz alta y con voz firme, cuando el mundo obre, hable, piense como si no existiera un ser supremo, dirás:  “Creo en Dios Padre”.  Cuando el evangelio sea desconocido y menospreciado, lo leerás con fe y acercarás sus páginas a tus labios mientras dices: creo en ti oh Cristo, eres “palabras de Dios”.  Cuando el mundo profane la palabra “amor” dándole este nombre a los excesos de los sentidos, tú dirás “creo en ti, oh Espíritu Santo, espíritu de amor, ven pon en mí corazón el amor que necesito para formar una familia, para ser el intérprete del amor de Dios”.

Y “creo en la Iglesia católica” dirás en todas las manifestaciones de tu vida como cristiano en el manejo de las cosas temporales, cuando des a todo lo terreno el sentido de Dios; y tu vida entera será un acto de fe en la vida perdurable” porque este mundo es perecedero.

Entras en la parte más importante de tu misa: “El ofertorio, la consagración, la comunión”.

Hay una sentencia que Jesús pronunció y que no está en el evangelio: “es mejor dar que recibir” (Hechos 20,35), pero hay otra que nos enseña que es mejor “darse” que dar: “nadie tiene más amor que el que da su vida” (Jn. 15,13).

El Concilio no pidió solo que presentemos ofrendas en la liturgia eucarística, sino que “nos ofrezcamos a nosotros mismos mientras ofrecemos estos dones” (Ig. 10, 1).

Haz cada día el Ofertorio, de tu misa, Juan.  Pero no omitas el momento culminante de toda la misa “la consagración”.  Consagrado está tu cuerpo a Dios que ha hecho de él su tabernáculo.  “Consagrados” estarán los esposos cuando se ofrezcan a Dios para que El pueda continuar su obra de dar más hombres al mundo, más cristianos a la Iglesia, más santos al cielo.

Toma el mundo en tus manos y ofrécelo a Dios y cumple esa misión tan importante y tan sublime, con los demás que ejercen el sacerdocio común siendo “consagradores del mundo” (Igl 34).

Mil veces en tu vida se unirá tu voz a la de todos para calmar a Dios “Padre Nuestro que estás en el cielo… que se haga tu voluntad, que venga tu reino” oh Padre que alimentas a los pajaritos y vistes de belleza sin igual a los lirios de los campos, que no falte el pan de cada día para  pobres, para los débiles, para ese tercio de la humanidad que esta noche va a acostarse sin probar bocado.  Recibe, oh Padre, este sacrificio.  Dirás con todos “por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias,..” “Y no nos dejes caer en la tentación, oh Padre de los misericordiosos” “Líbranos de todo mal” y si quieres oh Padre bondadoso concédenos la mayor de las gracias, danos una parte de los inmensos dones que has concedido a tus “apóstoles y a tus mártires”… “porque es un martirio continúo la conservación de la gracia en este mundo donde no solo hay pecado, sino mentalidad de pecado y organización de pecado (Padre Lombardi).

Y vive tu comunión  “común unión” unión con Jesús y has partícipes de esa unión a tus  compañeros de colegio, y de universidad mañana, a todos los cristianos que quieren ser los “consagradores del mundo”, a tu esposa luego, y a tus hijos después, Jesús hoy y por los siglos de los siglos.

Convierte en realidad estos hermosos versos de un poeta contemporáneo:

Ven a mi pecho, Jesús;

de tu prisión del sagrario

yo te quiero libertar.

Ven conmigo, vamos juntos

todo lo recorrerás:

calles, comercios, talleres

los campos y la ciudad,

Iremos juntos,  amado

donde yo esté Tú estarás.

Y entonces así llegarás al fin de tus días y en un abrazo amoroso extenderás los brazos para decir a tus hijitos y a quienes de ti dependan: vayan  a celebrar su misa.  Mi misión ha terminado…

Juan, queridísimo; me he extendido demasiado y aún me falta responderte un pregunta:¿Qué es ser apóstol?

“Es llevar dentro del alma un infinito anhelo.

Soñar sueños eternos de gloria sin igual,

estar muy por encima de todo el suelo,

consagrando la vida al más grande ideal.

Vivir sin ser del mundo en medio de la tierra.

Hacer del mundo entero un campo en que

lucharemos sin armas ni fuego,

que es de paz esa guerra

y un sólo fin pretende: a Dios hacer reinar.

Es este su secreto: vive de eucaristía

lleva dentro un sagrario y allá en la intimidad

a Cristo que es su todo, a El todo confía

es El quien da a tu vida virtud y santidad…

No recuerdo más; hace mucho aprendí estos versos que son el comienzo de un largo poema.

Sé un doble perfecto de Cristo y serás un apóstol consumado.

Sé “Juan” en el altar para que seas “Pablo” en el apostolado.

Y no le temas a Jesús cuando golpea a tu puerta.

DÍ como Monseñor Murcia:

“Cuando llamas a mi puerta tus llamadas me enternecen, es acaso que presiento que me vas a castigar con justicia las mil faltas que mi vida entenebrecen?  No; es que vienes otros dones a ofrendar”.

Haz de la misa, tu misa conscientemente.  Sé en serio un “doble de Jesús”.  Prepárate para ejercer tu “sacerdocio común”.  Compromete tu vida para hacer vivir el concilio y así dejar un mundo mejor de lo que lo encontraste al venir a él.

Jóvenes, así es lo que la Iglesia espera, lo que la Iglesia necesita; sin ellos no habrá nunca el laicado cristiano maduro, indispensable para que el evangelio penetre en la mentalidad, en el trabajo y en la vida de los hombres de hoy (M 21, l).

Afectísimo en Cristo,

PAFER

 

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