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Renunciando a Dios


De Juan…

“… Qué emocionante eso de cambiar a todos los hombres, a todas las mujeres, ser los gestores de una nueva época con el grito de guerra: “DOBLAR AL HOMBRE-DIOS”.

Dentro de la historia universal hay dos épocas que han traído siempre mi atención: la de las persecuciones y la de las cruzadas.  En los primeros siglos la semilla sembrada fue rociada con sangre y el grano de mostaza fue el más corpulento de los árboles.  Las cruzadas fueron la época de las gestas heroicas de los cristianos: a combatir por Cristo, a morir por Cristo, a conquistar todo el mundo para Cristo.  A veces lamento no haber nacido en esa época.

Pero ahora comprendo que esas dos épocas de la historia las vivimos nosotros los cristianos, especialmente nosotros los jóvenes,

En unos retiros que nos hicieron a los “grandes” en el colegio, un padre nos leyó un verdadero pregón de guerra.  Nos lo repartieron luego fotocopiado, es de Pío XII.  Permíteme que te copie unos párrafos, aunque estoy seguro que los conoces mejor que yo (Pío XII 1,11-52):

“El mundo está encaminado hoy hacia la ruina; avanza inconscientemente por los caminos que llevan hacia el abismo a cuerpos y almas, a buenos y a malos, a civilizaciones y pueblos”.

“Es todo un mundo lo que hay que rehacer desde sus cimientos, que es necesario transformar de salvaje en humano, y de humano en divino, es decir, según el corazón de Dios”.

“Conviene que todo fiel, todo hombre de buena voluntad reflexione, con resolución digna de los grandes momentos de la historia humana, todo lo que personalmente pueda y deba hacer como aportación a la obra salvifica de Dios”.

Y como un experto jefe, termina el Papa diciendo que no es este el momento de discutir, que lo único que la Iglesia y el mundo esperan es ver realidades concretas.

Nuevamente le pregunto: ¿Por qué se nos sigue presentando un cristianismo lánguido a base de “NO NO NO”? ¿Por qué no nos mandan a los jóvenes a una Nueva Cruzada?  Que nos pidan, que nos exijan, que nos tengan en cuenta.  Somos débiles pero valientes; inexpertos pero generosos; no damos más porque no nos han enseñado a construir.  Hay muchos pensando en componernos y muy pocos nos invitan a salvar a los demás.  Increpamos a nuestros mayores, tal vez injustamente, pero no queremos que se nos diga con justicia que fuimos inferiores a nuestra misión.  ¿Qué me dice?  ¿Soy un visionario más bien que un pensador?

Afectísimo,

Juancho

 

A Juan…

“…..   me has hecho pensar profundamente, me has hecho orar.  Cuántas veces a nosotros mismos podrían aplicarse aquellas palabras del Evangelio “ni los suyos creían en El”.  Eludimos cuanto podemos el sacrificio y olvidamos que si “el granito de trigo no muere, permanece solo”, olvidamos que en las persecuciones “la sangre de los mártires fue semilla de cristianos”.

Conozco y he leído muchas veces el documento de Pío XIl a que haces referencia.  Me emociona el que la juventud lo tome como la arenga de su general antes de lanzarse a la batalla.  Me preocupa que no se haya difundido más, sobre todo entre la juventud.

Los contrastes que pones al final de tu carta demuestran lo que es la juventud actual.

La juventud se siente generalmente incomprendida.  Es posible que sus padres no la comprendan, ni sus maestros tampoco.  ¿Has leído el mensaje del Concilio a la Juventud?  Ya el Concilio los había llamado “esperanza de la Iglesia” (E. C. 2).  Y como reconoce que “ejercen en la sociedad un influjo social e incluso político de gran interés” (P. 12,1); por eso se dirige a ellos diciéndoles que el Concilio se hizo especialmente para la juventud: “vais a formar la sociedad del mañana; os salvaréis o pereceréis con ella”.

Te transcribo hoy el último y brevísimo capítulo del librito de Dom R. Te prometo satisfacer tus inquietudes en mis próximas cartas.  Ya no serán muchas porque es necesario escribirle a Jorge antes de que sea tarde.

Estoy demasiado ocupado. Esta tarde tengo que volar hora y media; a mediados de la próxima semana llegaré otra vez a la casa.

Estas últimas cartas llevan el aroma de esta tierra.  El paisaje que tengo delante, el río y la feracidad de la tierra, que se extiende hasta espacios infinitos, me hacen pensar en los millones de jóvenes, entre 15 y 24 años, que se encuentran a lo largo y lo ancho de nuestra América, suspiro por el momento en que pueda hacer algo por ellos.  ¿No crees que si conocieran las ideas sobre el doblaje del Hombre-Dios, tal vez los apasionaría como a ti?  Pidamos al Señor que nos dé esa oportunidad.

RENUNCIANDO A DIOS

Estábamos a punto de separarnos, cuando Luis dijo de pronto: aguarda un momento.  ¿Se dan cuenta de lo que hemos estado hablando?  Nos hemos referido a las Virtudes teogales y hemos incurrido en una grave omisión.

¿En cuál?

Tú te referías a la fe,  yo a la caridad,  y aún al Temor; Eduardo supone una combinación de ambos; pero los tres hemos omitido la esperanza, y por Dios bendito que es de ella de lo que más necesitamos los cristianos.

No comprendo, dijo Eduardo.

Escucha Eduardo, continuó Luis, no hay un solo cristiano que ignore que necesitamos la gracia santificante; que con la gracia santificante vienen las demás virtudes, Nadie ignora que ella nos proporciona el “querer” y el “poder hacer”.  Pero tampoco existirá uno que te diga que su deseo no es solo poder, sino el poder fácilmente.

Déjate de terminologías y explícanos lo que quiere decir.

Por las cataratas del Niágara corre una tremenda cantidad de agua por minuto. Es electricidad en potencia.  Pero esa agua podía continuar vertiéndose años y años por las cataratas y si no llegara a las turbinas no lograría encender el bombillo más diminuto.

Eso es verdad, Luis.  Creo que he entendido tu ejemplo.  Todos nosotros tenemos la potencia para convertirnos en verdaderos dobles; pero lo que hemos de hacer es convertir esa potencia en realidad.

Naturalmente.  Pero llevamos mucho tiempo hablando de eso sin utilizar la terminología, Y Luis ha dicho que tenía algo nuevo que decir sobre la esperanza.

No te excites, José.  Mi tesis es ésta: hemos estado hablando de las virtudes teologales, pero no podemos olvidar las morales.

¿Insinúas que cuanto hemos dicho no ha sido más que cháchara?  No creo que José lo admita.  Vamos a ver, dinos qué sorpresa nos reservas.

No pretendo ninguna sorpresa.  Todo cuanto hemos dicho es cierto. Tenemos que ser dobles y sólo hay una manera de asegurar el éxito de nuestro doblaje: la meditación y el examen diario.  Ese es el único sistema que nos introducirá más y más en lo sobrenatural. Esa es la única forma de conservar nuestros corazones, rectos como su corazón lo es con nosotros.  Ese es el único antídoto contra la mundanidad.  Todo cuanto hemos contado será la sencilla consecuencia de la fusión diaria de nuestra vida con la suya.  Nuestra fe será más viril, más vibrante, más verdaderamente activa; nuestro temor y nuestra reverencia serán filiales; nuestro amor más dinámico. Y, a pesar de ello, digo que lo que más necesitamos es lo que hemos nombrado.

Yo insisto en lo de “ser consciente de mi dignidad como doble”, consiguiéndolo mediante una mirada matinal al modelo y una mirada nocturna al hombre que está intentando reproducirlo.

Desde luego, José. ¿Pero tú sabes lo que necesitamos para lograr eso?

Una voluntad de acero, intervino Eduardo.

En efecto interrumpió Luis.  Pero si quieres poner la etiqueta que le corresponde, debes decir que necesitamos el ejercicio continuo de la virtud cardinal de la FORTALEZA. Lo que necesitamos nosotros, los cristianos es valor, mucho valor.  Sabemos lo que traemos entre manos; conocemos nuestro camino.  Estamos seguros de que conduce a nuestra meta, pero…

¿Pero qué?

Pero carecemos de fuerza interior para seguir ese camino.  Nos figuramos que podemos encontrar atajos.  Nos engañamos con el absurdo de que podemos doblar a Cristo adecuadamente y robustecernos de manera sobrenatural con el solo hecho de llamarnos cristianos, olvidando que debemos someter a diario nuestra voluntad a la de El, mediante la oración y el examen persistente y consistente.

Vaya, por fin vas llegando.

No, Eduardo, he estado aquí todo el tiempo, aunque el pensamiento de las virtudes cardinales acaba de ocurrírseme.  ¡Las necesitamos imperiosamente! Para algunos de nosotros, el mejor ejercicio de templanza será la abstinencia total; de prudencia, el mantenernos intocables; de justicia, el estar conscientes de nuestra dignidad, Pero para hacer algunas o todas estas cosas de un modo constante necesitamos la fortaleza, el valor; que nuestro indómito espinazo se incline hasta hacernos caer de rodillas mañana y noche para primero contemplar a Cristo, luego estudiarle, y al fin, reproducirle, inflamados del amor más varonil y verdadero, tú tienes la solución, José.  No cabe duda de ello; más el ponerla en práctica reclama entereza.  Si me preguntas ahora de qué estamos más necesitados los cristianos, os diré que de valor, la virtud que más nos falta es la fortaleza.

¿Y qué nos dices del Amor?

Afectísimo en Cristo,

PAFER

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