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Santidad


De Juan…

“… ¿Por qué  en ves de hacerte sacerdote, no te hiciste general?  Te aseguro que en una batalla, con una arenga tuya, no hay soldado que no sea capaz de luchar hasta morir.

He dedicado muchas horas a pensar en esas tres ideas “ser caballero de Dios”, “equilibrar el mundo” y ser “el hombre que se mantenga en la brecha”.  Todas son apasionantes. Creo que no hay joven a quien se las propongan que no sienta que hierve su sangre.

Ya en otra carta te había dicho que creía que para alguien ser santo era necesario ser monja o cura, y además, que los santos eran unos viejecitos “chuchumecos”.  Ahora he comprendido que todos estamos llamados a la santidad, no importa cuál sea su estado, edad o condición.

Mientras esto escribo caigo en la cuenta que para ser santo a los ochenta años, tuvo que haber comenzado posiblemente a los diez: luego fue un santo de diez años, de quince, de veinte o de cincuenta.

Tengo una curiosidad: ¿Ha habido santos en todas las épocas de la historia? ¿Los ha habido de todas las edades? ¿Y de todas las condiciones?

Vuelvo a hacer un reclamo: ¿Por qué no nos hablan de esto? ¿Por qué en clases de religión no se nos presenta este camino de santidad en vez de esa exposición lánguida y de esos aprendizajes de memoria sin sentido?

En la lista tenía dos puntos que tú tocaste de refilón y que me gustaría que me trataras por extenso.  Uno es sobre el Concilio Ecuménico, a propósito, en dos cartas, si mal no recuerdo, haciendo tú alguna alusión sobre el concilio pusiste unas letras y unos números (EC 2; P 12,1; IM 4,4) que ni siquiera me imagino qué puede ser. ¿Me podrías explicar qué significa eso?  Y si no es mucho preguntar, dijo el Concilio algo sobre la Juventud?  Me gustaría saberlo.

El otro punto me tiene verdaderamente obsesionado.  Ya te he dicho que no tengo vocación de sacerdote, pero, cómo hago para explicarte, me parece que tengo vocación sacerdotal.  Es decir no quiero ser cura pero me gustaría ser sacerdote.  Esto es como una contradicción, pero tú hablas de “sacerdote ministerial” y de “sacerdote laico”.  Eso de “ministerial” no sé qué quiere decir, y lo de “laico” no sé cómo se entiende.  Te ruego me aclares estos conceptos.

Tarsicio que está al pie mío, te manda decir que cuándo le escribes a él, saludes

Afectísimo,

Juancho

 

A Juan…

“… No me preguntes por qué el profesor de religión hace esto y deja de hacer aquello.                Al fin de cuentas estas cartas son para tí y no para él, haz tú lo que te toca.   Ayuda   a   que tus compañeros participen de tus inquietudes.  No pierdas tu tiempo diciendo qué debieran hacer o no los demás.  Sé en todos los momentos de tu vida “el doble de Jesús” y prepárate incluso para ser tú un profesor de religión, como el que hubieras querido tener.  Todos los profesionales y apóstoles laicos deberían ser profesores de religión.  Es esta una materia que no es de aprender, sino de vivir.  Hoy el mundo no quiere que le digan cómo es un cristiano, sino que se lo muestren.

Voy a complacerte en pregunta y media, de las que me haces en tu última carta, Dejamos el resto para la próxima.

Una de las notas distintivas de la Iglesia es la santidad.  Por lo tanto ha habido santos en todas las épocas de todas las edades, de todas las condiciones, por ejemplo:

Niños como San Tarcisio o Santa Inés en los primeros siglos, Santo Domingo Sabio o Santa María Goretti, casi en nuestra época. Pobres como San Isidro o San Alejo o Reyes como San Luis o San Eduardo.

Monjas como Santa Teresita. Curas párrocos, como San Juan María Vianey.  Obispos, como San Francisco de Sales. Papas, como San Pío X.

Si leyeras el libro: “Los grandes de la Iglesia” de Geor, Pepp. encontrarás que del siglo I al siglo XX hay santos que fueron maestros de la verdad, mártires de la fe, héroes del amor al prójimo.  Fundadores y reformadores de comunidades religiosas, misioneras y pecadores, pedagogos, penitentes.

Y como modelo de todos los santos, Maria, la Madre de Jesús y nuestra Madre.  Déjame que te diga de Ella unas palabritas.

Maria es maestra de espiritualidad como no hay otra, Examinemos brevemente las palabras que de Ella aparecen en el Evangelio:

Primera: ”¿Cómo se realizará esto?”

Fueron las palabras que Maria dirigió al ángel; demuestran su profunda humildad ante el anuncio de que va ser Madre de Dios.

Segunda: “Heme aquí”.

Son la expresión de su disponibilidad.

Tercera: “Hágase”.

Manifiesta la total sumisión a la voluntad de Dios.

Cuarta: “Glorifica mi alma al Señor”.  Con esas palabras responde a Santa Isabel.  Nos enseña a convertir nuestra vida en un himno de alabanza al Señor.

Quinta: “¿Por qué has hecho esto?

Fue la exteriorización de su angustia interior cuando encontró a Jesús después de tres días de búsqueda.

Sexta: “Haced todo lo que El os diga”.

Es la gran norma que nos dejó con ocasión de las bodas de Caná.

Séptima: es la palabra que permanentemente dice en su interior pero que no expresa con los labios, ante el permanente misterio de la vida de Jesús.

Creo que quedas plenamente satisfecho, verdad?

Hace unos meses me preguntabas en qué consistía la santidad, te pedí que dejáramos para más tarde la respuesta.  Confío en que este punto haya sido aclarado.

Completamente, Santo es el que logra ser doble de Jesús, en el tiempo, en la condición, en las circunstancias, en que Dios lo ha puesto.  En realidad todos los cristianos, por el hecho de serlo, deberían ser santos y así lo entendía San Pablo cuando en sus cartas decía: “los santos te saludan” y salúdame a los santos”.  No hay por

qué temer entonces esa palabra “santidad” y tenemos que proponernos ser “santos”, es decir, “dobles de Jesús”.

Hablemos ahora algo sobre el concilio: ya en el año cincuenta se reunieron los apóstoles en Jerusalén y celebraron el primer concilio.  Lee en los Hechos de los Apóstoles el capítulo quince y verás cómo se desarrolló.

El Evangelio es la revelación de Dios a los hombres.  Conocida la verdad, nosotros debemos aceptarla por un acto de fe.  Nuestra razón no logrará nunca comprender “la anchura, la altura y la profundidad” del amor de Dios, como dice San Pablo (Ef. 3, 18).

Desde el siglo II, hubo hombres que intentaron “comprender” la revelación y convertirla en un acto de razón y no de fe.  De aquí surgieron las herejías.  Para combatirlas la Iglesia ha convocado concilios, que son la reunión de todos los obispos, bajo la autoridad del Papa y como él es infalible, el concilio participa de esa inefabilidad cuando enseña una verdad o condena un error.

El primer concilio ecuménico se realizó en Nicea el año 325.  El último convocado había sido el Vaticano I que se reunió en Roma en 1870 y que fue interrumpido por la invasión de los estados pontificios.

El Papa Juan XXIII convocó el vaticano II en 1959. Comenzó sus sesiones en Roma en 1962.  Es el XXI concilio ecuménico.  Propiamente no se puede decir que un concilio es más importante que otro, pero éste fue el que más sesiones tuvo, al que han asistido mayor número de obispos (alrededor de 2.500) y de más partes del mundo.  Terminó el 8 de diciembre de 1965.

¿Quedas satisfecho?  Termino porque me está saliendo como larga la carta.

Afectísimo en Cristo,

PAFER

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