RSS

Fecundidad Divina / Humana


De Margarita

Su carta, sensacional.  Me daba pena decirle una cosa, pero hoy usted me da la oportunidad: Las cartas anteriores eran muy bellas, pero tan espirituales que no sabía en qué irían a desembocar.  Es verdad que a veces ha pasado por mi mente ser religiosa, pero creo que mi vocación es el matrimonio y ahora comienzo a entender que un noviazgo con Jesús hasta llegar a ser su esposa es la mejor preparación para ser más tarde esposa y madre.

Estamos en un mundo tan materialista que una cree que lo religioso es solamente para la Iglesia y de resto el mundo es el mundo.

Los temas que usted me trata en sus cartas, no los oye una en ninguna parte, porque a los sacerdotes lo que se les escucha es que una sea  buena, pero una invitación a que una sea esposa de Jesús, ni se me había ocurrido.

Hoy, todo lo que al matrimonio se refiere, se trata con tanta superficialidad y frecuentemente con procacidad. La campaña para no tener hijos ha llegado incluso a las conversaciones comunes y ahora comprendo que entendidas las cosas así, el matrimonio se ha convertido en un obstáculo para acercarse a Dios, como aparece en la parábola de la carta anterior.

¡Qué mundo tan complicado!  ¡Qué confusión de ideas!  Estas cartas me están aclarando muchas cosas.  He comenzado a leérselas a algunas amigas de nuestros grupos apostólicos: parece que algunas tienen vocación religiosa aunque la mayoría pensamos en matrimonio.  Creo que estas cartas nos preparan muy bien a unas y a otras.  Gracias por todo.

Margarita

 

A Margarita

Tus cartas me tienen encantado porque veo que las ideas que te expongo te están sirviendo para tu ubicación en la vida y ese es el propósito de esta correspondencia; precisamente el libro de Dom Marmión trata el tema.  Te hago caer en cuenta de una cosa: en el imperio romano había mucha corrupción, pero recuerda que había un sitio en el mundo que tenía fama especial, se llamaba Corinto, te imaginas el grado de postración moral al que habían caído las mujeres que allí¡ vivían?  Pues a esa ciudad tan corrompida llevó San Pablo la predicación del Cristianismo como único medio de sacar a la gente de tanta postración.  Pasó largo tiempo en ese puerto, muchísimos se convirtieron y a ellos les escribió cuatro cartas, de las cuales conservamos solo dos, en ellas encontrarás las más sublimes enseñanzas sobre el amor y es precisamente a los jóvenes que habían encontrado en el Cristianismo su liberación, es a quienes el Apóstol les dice esas bellas y sublimes palabras: “Quiero presentaros a Cristo, el único esposo, como una virgen pura” (2Cor. 11, 2).

Esta es la pedagogía del Evangelio.  Son los enfermos los que necesitan de médico, decía Jesús.  Esta doctrina tiene que volver a llegar a las masas; la tienen que escuchar quienes quizás están más alejados de Dios y no pensar que es un privilegio de pocos.  El matrimonio es algo tan sublime que San Pablo lo llama “Misterio Grande” y dice que se realiza “entre Cristo y la Iglesia” (Ef. 5,32).  Por eso la que sea llamada a la vida religiosa no puede considerar esa vocación como un renunciamiento, sino como una invitación a desposarse definitivamente con Jesús.  Sigamos la transcripción del libro y verás qué claras están ahí las ideas.

FECUNDIDAD DIVINA

“La fecundidad es uno de los atributos divinos; algo más, es la vida misma de Dios.  Para Dios vivir es ser “Trinidad”, es decir, un ser fecundo en su propio ser.  Divinidad y Fecundidad son, en su sentido supremo, idénticamente sinónimos.  Una y otra son

FECUNDIDAD HUMANA

“Dios da al hombre, cuando le comunica el ser, el poder y el derecho de imitar la paternidad Santa: confiere al hombre la fecundidad.  El hombre recibe la orden de propagarse, porque habiendo creado la tierra para el hombre, Dios quiere que esté llena de los frutos de la fecundidad humana: “Creced, multiplicaos y llenad la tierra”.

Esta fecundidad es el reflejo de la fecundidad divina.  En el plan primitivo de Dios ella constituía el desarrollo último de la perfección natural del hombre.  No obstante el pecado de Adán, continúa conservando una grandeza sobrehumana, una nobleza original que la aureola porque participan, con esa fecundidad, de “toda paternidad que toma su nombre en el cielo y en la tierra” (Ef. 3, 15).  Así lo reconoce Eva cuando clama: “he engendrado un hijo por el poder de Dios” (Gen. 4, l).  Grito de gozo y de triunfo, eco débil pero fiel en la creación, del grito que Dios deja escuchar “en los santos esplendores” (Sal. 109, 3) celebrando su Eterna Fecundidad.

Entonces se comprende porque San Pablo, hablando del sacramento del matrimonio lo llama “Grande” pero añade en seguida: “refiriéndome al de Cristo con su Iglesia” (Ef. 5, 32).  ¿Qué quiere decir aquí el Apóstol?  Que la grandeza del sacramento le viene sobre todo de ser el signo de la unión de Cristo con la Iglesia y con cada uno de los cristianos.

Sin embargo, existe una unión más elevada y no menos íntima que la de los esposos aquí en la tierra, es la de quienes no imitan lo que se realiza en las uniones terrestres, sino que su intenso amor los lleva a una intimidad más fecunda y a una fecundidad más amplia, en las que las nupcias de esta tierra son solamente un símbolo y una sombra, porque allí hay una realidad más profunda: es el convertirse en esposa de Jesús.

Como Jesús lo advertía: “no todos comprenden lo que esto significa” (Mt.19,11) porque tres leyes de la naturaleza dificultan esa entrega al Señor: la inclinación natural, la debilidad de la voluntad y el ardor de la juventud; por eso es necesario acudir al Señor que como dice una oración de la Iglesia, es quien enciende en el alma el amor, alimenta el deseo y da fuerza a la voluntad.  Este estado virginal es necesario a quien aspira a esa unión íntima y perfecta con el Verbo.

San Pablo expone muy bien la diferencia entre quien se desposa con Jesús y quien toma un esposo aquí en la tierra, ésta “debe ocuparse de las cosas de este mundo y procura agradar al esposo” y como consecuencia, “está dividida” dice el Apóstol; en cambio la otra puede ocuparse solo de servir al Señor y agradarlo solamente a El.  Su amor, como su corazón, están totalmente entregados a Jesús (1Cor. 7, 32,35).

Quien siente esta vocación, para responder libremente al llamamiento de Jesús, no solo dice adiós al hogar que la vio nacer y crecer, sino que gustosamente renuncia a toda otra unión terrestre, al derecho legítimo de fundar una familia.  Lo deja todo, esencialmente actuales.  Para Dios vivir es ser a la vez principio y término de una fecundidad siempre actual.

La Trinidad es un Padre, un Hijo y un Amor.  El Padre engendra al Hijo, el Padre y el Hijo se comunican su Amor, que es el Espíritu Santo.  Tal es la plenitud de esta infinita fecundidad que , por así decirlo, agota la divinidad.  Dios no tiene sino un hijo, igual a sí mismo en perfección; tan igual que es único; tan perfecto que el Padre al contemplarlo deja exclamar un grito de complacencia infinita: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado en el hoy eterno” (Heb. 1, 5; 5, 5).  No hay sino un Espíritu, un Amor substancial que sella para siempre la unión del Padre y del Hijo y completa el ciclo íntimo de las donaciones divinas.

Margarita:  en el recogimiento de la oración trata de penetrar este misterio insondable y termina uniendo tu alabanza a la de los santos en el cielo “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.  Como era en un principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos.  Amen”.

Afectísimo en Cristo,

PAFER

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: