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Rapto de Amor


De Margarita

Jamás me hubiera imaginado que para vivir el cristianismo tuviera que subir a tantas alturas.

Usted no sabe cómo le agradezco todas estas reflexiones que me hacen comprender la grandeza de la entrega a Dios.  No crea que esto me desanima, lo contrario, me entusiasma cada vez más.

Su última carta la leí, la releí y la volví a leer.  A ratos suspendía la lectura y me ponía a “echar globos”, a pensar no sé en qué: en Jesús, en el cielo, etc..  Todavía no me atrevo a llamarlo ”esposo” porque me parece un atrevimiento, pero sí  le repito una y otra vez que quiero ser su esposa, así e-s-p-o-s-a con todas sus letras.  Y aunque sin comprender lo que afirmaba, terminé por decirle: “Jesús, quiero ser tu esposa, siento que me estás llamando y quiero estar tan unida a tí, como lo está tu naturaleza humana; te entrego mí poca personalidad para que no aparezcas sino “Tú” y me quedé como en suspenso, sin pronunciar más palabras, como en una especie de rapto de amor, no sé si es la expresión adecuada, pero es que no encuentro palabras.  Lo único que le digo es que lo quiero tanto a El, a Jesús, que quiero  entregármele sin condiciones, Ahora comienzo a comprender que esto s lo fundamental, lo que haya que hacer no tiene importancia.  Será todo expresión de Amor.

Me llamó especialmente la atención lo de la personalidad.  Explíqueme un poco mejor: al constituirme en esposa de Jesús pierdo mi personalidad; que es entonces personalidad?  El libro que usted me transcribe tiene pensamientos tan profundos que creo que solo, después de mucho tiempo podré entenderlos.  Pídale a Jesús que as¡ sea.

Margarita

 

A Margarita

A dos expresiones de tu última carta quiero referirme:

Me dices que te quedaste como en un “rapto de amor”.  Qué expresión más hermosa para referirse a las relaciones con Jesús!  Un día de éstos, tal vez cuando terminemos la transcripción del libro, hablaremos de tu patrona Santa Margarita María Alacoque, la confidente del corazón de Jesús y creo que entonces tú y yo podremos entender un poco mejor esa expresión.  Es de los estados del alma más difíciles de describir, pero me parece que lo has descrito magistralmente: es quedarse como en suspenso, sin pronunciar palabra, gozándose en sentirse amada y poniéndose como tú dices, a “echar globos”, es decir, a pensar en una cosa y en otra, sin razonamiento coherente porque, por así decirlo es el corazón el que razona.  Es el estado propio del que está enamorado y por lo tanto el estado permanente de la esposa de Jesús.  Precisamente ayer la primera lectura de la Eucaristía era la carta de San Pablo a los Corintios en la que les decía: “Yo sé que me  toleráis unos cuantos desvaríos: he querido desposaros presentándoos a Cristo como una virgen fiel”(2 Cor. 11,2).  Lee nuevamente la cita del profeta Ezequiel que te transcribí en una de mis primeras cartas y deja que tu corazón responda a Jesús en “Rapto de Amor’…

En segundo lugar, quiero aclararte algo sobre la personalidad.  Dios crea al ser humano a su imagen y según su semejanza (Gen. 1,26) y teniendo como modelo al Verbo encarnado.  La persona humana como dice Juan Pablo II, es irrepetible, es decir que no hay dos iguales: cada persona por así decirlo representa unos rasgos del Verbo encarnado.  Su personalidad es entonces lo que distingue a una persona de otra.  Los psicólogos dicen que es la “proyección  dinámica de la persona, la expresión de su autonomía, la manifestación de su responsabilidad”.  Esto quiere decir que mientras una persona sea más auténtica, su personalidad será más definida, y será más auténtica cuando sus convicciones sean más firmes y su responsabilidad más seria.  Esa personalidad es la que los esposos aportan para unir sus personas con el vínculo del matrimonio.  Creo que la falta de una personalidad bien definida, es la causa de tanto problema en la familia.

En tu caso es tu persona, con todos los rasgos de tu propia personalidad, con tus cualidades y defectos bien definidos lo que vas a entregar a Jesús.

Mientras “tú” eres más “tú” serás más auténtica.  Ya tendremos tiempo de reflexionar sobre las enseñanzas del Concilio, pero desde ahora te hago caer en cuenta que cuando habla de la obediencia dice que debe ser “activa y responsable” (VR 14,3).  Cómo puede obrar así quien no tenga una personalidad definida o auténtica?  Ahora sí entiendes: la grandeza de la naturaleza humana de Jesús,  consistía en que no tenía personalidad propia, porque estaba unida a la personalidad divina del Verbo.  Tu grandeza, Margarita, está en que tu personalidad sea bien definida, para que puedas entregársela  a Jesús, para que haga de tí lo que quiera y para no hacer sino su voluntad.  Así tú, libremente puedes decirle que quieres que El sea tan dueño de tí de una manera parecida a como podía disponer de su naturaleza humana.  Esto lo entendía muy bien San Pablo cuando afirmaba: “vivo, pero no soy quien vivo, es Cristo quien vive en mí”(Gal.2,20). Así la vida se convierte en un anticipo del cielo.

Afectísimo en Cristo,

PAFER

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